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©2020 ASUNCIÓN+GUASCH
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last update: October 2020
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COS FERIT 2

2016. Object found. 20x20cm folded. Photograph.




(CAT)
Camina el refugiado entre escombros.
(Maria Zambrano, Los bienaventurados)

Petita escultura de guix trobada ja en descomposició per les inclemències del temps. Un sant Crist que hauria estat usat com a objecte devocional o per a acompanyar una sepultura. La peça demanava una cura especial a l’hora de ser recollida i conservada, ja que es desfeia quan era tocada amb les mans. La nostra decisió fou fotografiar-la per a comunicar visualment la seva fragilitat extrema i, en la línia de Cos ferit 1, la seva impossibilitat de reparació. Una proposta icònica simbòlica que alhora és la documentació d’un procés, amb una mirada curosa.

També, com a Cos ferit 1, la peça és una figura de Crist, i tracta del fragment i la totalitat, la unitat irrecuperable si no és assumint la multiplicitat. Però aquest cop trencada involuntàriament, no com a Cos ferit 1, que demanava una acció decidida per a trencar el Crist abans de la seva impossible reconstrucció. 

Aquest “trencar el Crist”, voluntari o involuntari, parla de la mort de Déu, del Déu del cristianisme, proclamada per Nietzsche i tant reflexionada posteriorment en el pensament occidental. Potser la mort d’un Déu compacte i sòlid, o un Déu que és una projecció de l’home. Trencar el Crist és una forma de resistència, de confrontació; és trencar per alliberar el seu contingut, el seu esperit; l’actualització real d’aquell trencament relatat a les escriptures, un crim que inaugura una nova forma de relació.

Mas la muerte de Dios no es su negación, la negación de su idea, o de alguno de los atributos que a ella conviene. Solo se entiende plenamente el “Dios ha muerto” cuando es el Dios del amor quien muere, pues solo muere en verdad lo que se ama, solo ello entra en la muerte: lo demás sólo desaparece. Si el amor no existiera, la experiencia de la muerte faltaría. (…) y es que el hombre necesita proyectar en lo divino, en una acción absoluta, el fondo oculto de sus acciones más secretas, y así descifra su laberinto.
La necesidad que exige matar lo que se ama, y aún más lo que se adora, es un afán de poderío con una avidez de absorber lo que se oculta dentro. Se quiere heredar lo que se adora, liberándose al par de ello. (…) el hombre se ha alimentado de la destrucción de sus dioses; de cada una de ellas gana en su medio o en su sustancia. El ateísmo, en la historia de la razón, en esa historia que el hombre sigue por su cuenta, quiere revivir el mismo proceso y cada vez que el pensamiento destituye a los dioses o al Dios único, será con la recóndita esperanza de alimentarse, de heredarlos y de ganar en poderío. Mas todo ello parece claro y hasta sin misterio, hasta llegar al “Dios ha muerto”, que sólo dentro del cristianismo ha podido proferirse, porque sólo Cristo nos dio la imagen de un Dios muerto verdaderamente. Y no en luchas, o devorado por otros dioses, sino por los hombres: Él, la semilla de Dios caída en la tierra.
(…) y así, quien dice “Dios ha muerto” participa al menos en su muerte, en el crimen. ¿No lo hará acaso movido por la esperanza de hundirse en él, de identificarse abismándose, llevado por esa locura de amor que lleva hasta el crimen cuando ya no se soporta más la diferencia con el amado, el abismo que aún entre los amores entre iguales permanece siempre? Y profiere su grito “Dios ha muerto” esperando quizá absorber a Dios dentro de sí, (…) Desesperación de seguir soportando la inaccesibilidad de lo divino.
(Maria Zambrano. El hombre y lo divino)


(ESP)
Camina el refugiado entre escombros.
(Maria Zambrano, Los bienaventurados)

Pequeña escultura de yeso encontrada ya en descomposición por las inclemencias del tiempo. Un Cristo que habría sido usado como objeto devocional o para acompañar una sepultura. La pieza reclamaba un cuidado especial a la hora de ser recogida y conservada, ya que se deshacía al ser tocada. Nuestra decisión fue fotografiarla para comunicar visualmente su fragilidad extrema y, en la línea de Cos ferit 1, su imposibilidad de reparación. Una propuesta icónica simbólica que a la vez es la documentación de un proceso, con una mirada cuidadosa.

También, como en Cos ferit 1, la pieza es la figura de Cristo, y trata del fragmento y la totalidad, la unidad irrecuperable si no es asumiendo la multiplicidad. Pero esta vez rota involuntariamente, no como en Cos ferit 1, que reclamó una acción decidida para romper el Cristo antes de su imposible reconstrucción.

Este “romper el Cristo”, voluntario o involuntario, habla de la muerte de Dios, del Dios del cristianismo, proclamada por Nietzsche y tan reflexionada posteriormente en el pensamiento occidental. Puede ser la muerte de un Dios compacto y sólido, o un Dios que es una proyección del hombre. Romper el Cristo es una forma de resistencia, de confrontación; es romper para liberar su contenido, su espíritu; la actualización real de aquella ruptura relatada en las escrituras, un crimen que inaugura una nueva forma de relación.

Mas la muerte de Dios no es su negación, la negación de su idea, o de alguno de los atributos que a ella conviene. Solo se entiende plenamente el “Dios ha muerto” cuando es el Dios del amor quien muere, pues solo muere en verdad lo que se ama, solo ello entra en la muerte: lo demás sólo desaparece. Si el amor no existiera, la experiencia de la muerte faltaría. (…) y es que el hombre necesita proyectar en lo divino, en una acción absoluta, el fondo oculto de sus acciones más secretas, y así descifra su laberinto.
La necesidad que exige matar lo que se ama, y aún más lo que se adora, es un afán de poderío con una avidez de absorber lo que se oculta dentro. Se quiere heredar lo que se adora, liberándose al par de ello. (…) el hombre se ha alimentado de la destrucción de sus dioses; de cada una de ellas gana en su medio o en su sustancia. El ateísmo, en la historia de la razón, en esa historia que el hombre sigue por su cuenta, quiere revivir el mismo proceso y cada vez que el pensamiento destituye a los dioses o al Dios único, será con la recóndita esperanza de alimentarse, de heredarlos y de ganar en poderío. Mas todo ello parece claro y hasta sin misterio, hasta llegar al “Dios ha muerto”, que sólo dentro del cristianismo ha podido proferirse, porque sólo Cristo nos dio la imagen de un Dios muerto verdaderamente. Y no en luchas, o devorado por otros dioses, sino por los hombres: Él, la semilla de Dios caída en la tierra.
(…) y así, quien dice “Dios ha muerto” participa al menos en su muerte, en el crimen. ¿No lo hará acaso movido por la esperanza de hundirse en él, de identificarse abismándose, llevado por esa locura de amor que lleva hasta el crimen cuando ya no se soporta más la diferencia con el amado, el abismo que aún entre los amores entre iguales permanece siempre? Y profiere su grito “Dios ha muerto” esperando quizá absorber a Dios dentro de sí, (…) Desesperación de seguir soportando la inaccesibilidad de lo divino.
(Maria Zambrano. El hombre y lo divino)

(ENG)
Walking the refuge beahind debirs.
(Maria Zambrano, Los bienaventurados)

The refugee walks through debris. A small chalk sculpture found in decomposition due to the inclement of time. A saintly Christ that would have been as a devotional object or to accompany a grave. The piece demanded a special care when being retrieved and conserved, as it fell apart when it was handled. Our decision was to photograph it to visually communicate its extreme fragility and, following the line of Cos ferit 1, its impossibility to be repaired. A symbolic and iconic proposal that is also the documentation of a process, with a careful gaze.

Also, as in Cos ferit 1, the piece is the figure of Christ, and works with the fragment and totality, the irrecoverable unity is multiplicity is no assumed. But this time it is involuntarily broken, unlike Cos ferit 1, that demanded a decisive action to break the Christ before its impossible reconstruction.

This “breaking Christ”, voluntary or involuntary, speaks of the death of God, of the Christian God, proclaimed by Nietzsche and widely discussed subsequently in western philosophy. It could be the death of a compact and solid God, or a God that is a projection of man. Breaking the Christ is a form of resistance, of confrontation; to break to liberate its contents, its spirit; the real actualization of that break spoken of in the scriptures, a crime that begins a new kind of relationship.

The death of God is not his denial, the denial of his idea, or of one of the attributes that it concedes. “God is dead” is only fully understood when it is the God of love who dies, as what one loves is what really dies, it only enters death: the rest just disappears. If love didn’t exist, the experience of death would be absent. (...) and it is man that needs to project in the divine, in an absolute action, the hidden background of his most secret actions, and this way decipher his labyrinth.
The need that requires one to kill what he loves, and even more what he adores, is a desire for power with avidity to absorb what is hidden inside. One wants to inherit what he adores, liberating himself from it at the same time. (...) Man has fed off of the destruction of his gods; of each he gains in their environment or in their substance. Atheism, in the story of reason, in the story where man continues by his own account, wants to revive the same process and every time the thought dismisses the gods or God, it will be with the recondite hope of feeding, inheriting and gaining power. All this seems clear and without mystery, up to “God is dead”, which only within Christianity could be pronounced, because only Christ gave us the image of a truly dead God. And not in war, o devoured by other gods, but by men: Him, the seed of God fallen in to the ground.
(...) and so, whoever says “God is dead” participates at least in his death, in the crime. Will he not do so perhaps driven by the hope of sinking into it, of seeing how he is plunging, carried away by that madness of love that leads to crime when the difference with the beloved is no longer supported, the abyss that still between loves between peers always remains? And he utters his cry “God is dead” hoping to maybe absorb God, (...) Desperation of continuing to bear the inaccessibility of the divine.
(Maria Zambrano. Man and the divine)